Confieso que un día decidí escribir porque ya no supe qué hacer con mis supuestos talentos. No lo hice por sentirme destinado al oficio de las letras. Ni siquiera soy capaz de observar al mundo con la agudeza que obliga a crear frases inmortales. Soy un simple cuentacuentos, cuentarollos, un vago sin beneficio, que lo único que aún puede hacer sin necesidad de título ni licencia es escribir pendejadas que otros puedan leer sin temor a sentirse menos que yo.